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La enfermedad mental suele ser sinónimo de ocultamiento, vergüenza y estigma. Sólo en algunos casos, cuando la locura se liga a la genialidad, genera fascinación…

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Uno de los mejores ejemplos es el del pintor post-impresionista Vincent Van Gogh. Hasta los más profanos en el mundo del arte han oído hablar de su retiro en Arlés, sus diatribas con Gauguin, su automutilación de una oreja y su suicidio. Una vida tejida con una oda al malditismo que todavía sigue suscitando interés y presenta muchas interrogantes. El museo Van Gogh, en Ámsterdam, intenta con una exhibición temporal paralela a la colección permanente de la pinacoteca responder a algunas de estas preguntas. En el mes de septiembre, un simposio con varios expertos seguirá ahondando en la figura del atormentado pintor holandés y los vínculos entre locura y obra.

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Aún hoy en día es imposible diagnosticar la enfermedad del artista del pelo rojo. Según explica el investigador del museo, Teio Meedendorp, una de las principales razones de la dificultad para poner nombre a la locura de Van Gogh radica en la importancia de la relación entre paciente y médico, y la imposibilidad de poder seguir ahondando en el alma atormentada del pintor. A esto se suma el desarrollo de la ciencia psiquiátrica . «La epilepsia significaba algo muy distinto hace 100 años, por ejemplo». Según este experto, cuando una nueva enfermedad aparece los investigadores suelen comparar algunos de los síntomas que Van Gogh sufría y «normalmente suelen encontrarlos». El problema es que algunos de éstos se solapan.

Durante las charlas programadas para el mes de septiembre se intentará arrojar luz sobre la demencia de Van Gogh con los conocimientos actuales. Dentro de las posibles alternativas esbozadas por los expertos están: epilepsia, psicosis, trastorno bipolar, trastorno de la personalidad y problemas con el alcohol. Sobre la posibilidad de que los avances médicos actuales hubiesen sido capaces de evitar su suicidio, Meedendorop responde que es «imposible decirlo».

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Camino de no retorno

La muestra temporal, titulada «En los márgenes de la locura», ahonda en los dieciocho últimos meses de vida de Van Gogh con 25 cuadros y algunos documentos que nunca habían visto la luz hasta ahora. Van Gogh se cortó la oreja el 23 de diciembre de 1888, lo que marcó el punto de inflexión hacía el no retorno y que culminó en su muerte un año y medio después. El pintor llegó a la localidad francesa de Arlés al comienzo de 1888. Ambicionaba crear una comunidad de artistas en este pequeño pueblo francés y sus deseos parecieran cumplirse con la llegada de Paul Gauguin en octubre. Van Gogh se mudó a Arles después de un tumultuoso periodo en París, dónde pintó uno de sus autorretratos. Según una carta escrita a su hermana Willemien él mismo define su rostro como «la cara de la muerte».

La vida de tranquilidad y compañerismo entre los dos pintores pronto se truncó. Mantenían acaloradas discusiones sobre arte: Gauguin prefería pintar desde la realidad y Van Gogh desde la imaginación. Estas peleas terminaron con el conocido incidente de la oreja. Tras ser entregada en un prostíbulo cubierta con un trapo, la policía encontró al pintor holandés al día siguiente en su casa. Las crónicas del suceso apareció en el periódico local Forum Republicain el 30 de diciembre de 1888. El pintor fue atendido por el médico Félix Rey, asistente psiquiátrico que nunca realizó ningún diagnóstico firme aunque creía que Van Gogh sufría epilepsia agravada por el exceso de café y alcohol y la falta de comida. Esta exhibición muestra por primera vez un dibujo de médico en el que reproduce cómo el artista cortó su oreja izquierda de cuajo con una maquinilla de afeitar y no tan sólo el lóbulo como se creía hasta ahora.

El artista fue hospitalizado y volvió a pintar cuando regresó a su casa. Poco antes del 27 de febrero de 1889, treinta residentes del pueblo firmaron una petición en la que pedían el aislamiento del genio holandés al creer que podía ser un peligro público. Este documento, junto al informe policial derivado de esta protesta han sido recuperados de los archivos de la comuna de Arlés.

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Alucinaciones

El propio Van Gogh fue consciente de que no podía seguir viviendo solo e ingresó voluntariamente en el hospital de Saint Remy el 8 mayo de 1889 acompañado del reverendo Salles. Allí fue diagnosticado como epiléptico con episodios de alucinaciones y aguda locura. En esta institución estuvo recluido un año y siguió pintando. Sobre la relación entre genialidad y obra, Meedendorp asegura que «preferimos utilizar con cautela la palabra genio en el caso de Van Gogh, aunque lo consideramos un gran pintor moderno. Lo era a pesar de sus problemas mentales y no a causa de ellos. Cuando estaba muy enfermo, simplemente no podía pintar, pero volvía a coger sus pinceles en cuanto se sentía mejor y estable de nuevo». En cuanto al mito entre locura y arte, Meederdorp reconoce que los expertos suelen verlo como un «estereotipo» aunque este tema será «debatido» en el simposio que se celebrará en septiembre.

Al principio de su estancia en Saint- Remy, todo fue bien, pero las crisis volvieron, como reconoce a su hermano Theo en una carta enviada el 22 de agosto. Lo inevitable de su enfermedad hizo que el pintor se sumiera en la tristeza y quisiera abandonar el hospital. Uno de sus últimos cuadros durante este periodo fue «La resurrección de Lázaro», inspirado en una obra de Rembrandt. Una elección temática que los expertos interpretan como el anhelo de una nueva vida. Tras este año en Saint-Remy, se instaló en Anvers, cerca de su hermano Theo que vivía en París y bajo el cuidado del doctor Gachet, que no fue capaz de diagnosticar la dolencia del pintor. Cuatro meses después se suicidó. En la correspondencia que seguía manteniendo con su hermano mostraba su amargura por, según él, haber fracasado como artista. La muestra incluye su última obra, raíces de árbol, y el retrato de Van Gogh en su lecho de muerte realizado por el doctor Gachet.

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El pintor suicida al que mataron

Durante mucho tiempo se dijo que Van Gogh se había suicidado. Una biografía reciente afirma, sin embargo, que el pintor murió como consecuencia de un disparo accidental por parte de un adolescente. En esta muestra se exhibe por primera vez la pistola con la que pudo perder su vida. Fue encontrada en 1960 por un granjero. Es un revolver de 7mm que por su nivel de corrosión permaneció abandonado unos 50 o 60 años.

La oreja y el burdel

Tras su muerte, el reconocimiento a Van Gogh fue inmediato. La familia recibió numerosos mensajes de condolencia y el crítico Albert Aurier pronosticó que «su nombre permanecerá vivo en la eternidad». En un artista con una vida tan tumultuosa no sólo su obra sigue generando interés. El episodio más literario sigue siendo la automutilación de su oreja izquierda tras la discusión con Gauguin.

La revista «The Art Newspaper» asegura, 127 años después de su muerte, que la joven a la que entregó su oreja envuelta en una tela era una doncella que trabajaba en un burdel llamada Grabielle Berlatier y con la que Van Gogh mantuvo un idilio secreto. El nombre, revelado por la historiadora Bernadette Murphy, había permanecido oculto hasta ahora, ya que la familia le había pedido que no lo hiciera público. Berlatier, cuando se produjo este hecho, contaba tan sólo con 18 años y era hija de campesinos. El nombre de «Gaby» apareció por primera vez en un artículo de 1936, que citaba a Alphonse Robert, el policía que recibió una llamada del burdel en el que Van Gogh se cortó la oreja. La joven decidió no contar a nadie este episodio de su vida.
Museo Van Gogh en Ámsterdam. Hasta el 25 de septiembre. Entrada 15€

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