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Desde los curiosos ojos de nuestra hipatía les queremos recordar todos los problemas que encontraron las mujeres artistas para poder desarrollar su labor. El resto de mujeres se encontraron con los mismos problemas, pero nosotras nos centramos en este artículo en las mujeres artistas…

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Ilustración de Martín Sánchez Arnau

Por Isabel Genovés Estrada, Historiadora del Arte

Han tenido que pasar algunos siglos para que se recuperaran sus trabajos y biografías para la historia, una historia que las olvidó y silenció. Vivieron siempre tuteladas por una figura masculina, sumisas al poder masculino, vivieron confinadas, algunas se rebelaron contra el orden establecido, otras gozaron del éxito y reconocimiento de sus contemporáneos. Pero a pesar de todo la historia las olvidó.

En los manuales de historia del arte siempre las hemos estudiado de forma marginal. Sin embargo la mujer como objeto, ha sido representada en todas las manifestaciones artísticas pródigamente en todas las épocas. No podían pintar del natural, pero desnudas estaban en todos los museos. Incluso muchas de sus obras se han atribuido a autores masculinos, porque la temática no encajaba con lo que se esperaba que pintara una mujer.

Durante mucho tiempo los artistas fueron considerados artesanos, llegaron algunos de ellos a ser admirados, pero se integraban por ley en los gremios y estaban sujetos a sus normas. Normalmente no firmaban sus trabajos, curiosamente la primera obra de arte firmada por una mujer de la que se tiene constancia es en la Alta Edad Media. Se trata del ejemplar del Comentario del Apocalipsis de Beato de Liébana, conservado en la Catedral de Gerona, en él aparecen los nombres de Ende pintora y sierva de Dios (pintrix et Dei adiutrix), además del nombre del monje Emeterio.

Habitualmente los artistas se organizaban por talleres, con la figura visible del maestro. La casa familiar era a la vez taller, la familia compartía su vida con ayudantes y aprendices. Por eso no era raro que los ayudantes se casaran con las hijas de sus maestros. Por ejemplo el caso de Velázquez, que se casó con Juana que era la hija de su maestro Francisco Pacheco. Las mujeres e hijas colaboraban en el taller, dependiendo de las necesidades que iban surgiendo, de sus habilidades, pero sobre todo sí se lo permitía su padre o su marido. Se sabe que Juana Pacheco fue pintora y se cree que quizás colaboró con su marido. La hija de ambos Francisca se casó con el discípulo de Velázquez, Juan Bautista Martínez del Mazo.

Se convertían en autenticas sagas familiares, es el caso de las hijas del artista valenciano Juan de Juanes en la segunda mitad del siglo XVI. Dorotea y Margarita Joanes Massip, aprendieron el oficio con su padre, además de colaborar con él. Hoy en día se cree probable que muchos de los cuadros del taller de Juan de Juanes fueran de ellas. Dorotea y Margarita recibieron encargos propios, realizaron diversas obras para la iglesia de la Santa Cruz de Valencia, todas desaparecieron cuando el edificio se demolió en 1869. También se cree que son suyas las pinturas del altar donde se enterró a su padre, en la iglesia de la Santa Cruz de Bocairente. Años más tarde en pleno Barroco mantenía en Valencia su propio taller, Jesualda Sánchez, hija y viuda de pintores. En el siglo XVIII Josefa María Larraga tuvo su propio taller de pintura religiosa en Valencia. Tenía las manos deformadas, pero no fue impedimento para desarrollar su trabajo, así mismo creó una escuela de pintura para mujeres, era hija del pintor Apolinario Larraga.

Por la misma época era famosa en Madrid  Isabel Sánchez, la hija del pintor de cámara de Felipe II, Alonso Sánchez Coello. Era una gran retratista y colaboró con su padre, se casó con el escultor Francisco de Herrera y Saavedra. Con José de Ribera, el Spagnoletto, colaboró en sus trabajos su hija pequeña María Blanca. Destacaba también la grabadora y pintora Josefa de Ayala, su madre era Catalina de Ayala que pertenecía a una familia de artistas. Era maestra de su propio taller en la ciudad portuguesa de Obidos.

En el siglo XVII también encontramos otra grabadora famosa, María Eugenia de Beer, que era hija del pintor y grabador flamenco Cornelius de Beer. Se afincó en España hacia 1630, fue autora de numerosas portadas e ilustraciones de libros. Realizó una colección de estampas de aves, para el príncipe Baltasar Carlos, siempre firmaba sus obras. Entre finales del siglo XVII y principios del XVIII destacó la miniaturista sevillana María de la Concepción Valdés Carrasquilla, hija del pintor Valdés Leal y de la pintora Isabel Carrasquilla. Mientras tanto en la corte tenía gran éxito como escultora de cámara de Carlos II y de Felipe V Luisa Ignacia Roldán, había aprendido el oficio con su padre, el escultor Pedro Roldán.

De importancia fue el trabajo como miniaturista en la corte de Felipe V, de la artista napolitana María Menéndez, hija de Antonio Menéndez, pintor de cámara del mismo rey. Años más tarde destaca en Madrid Ana María Mengs, como retratista y miniaturista, hija del pintor de cámara de Carlos III, Anton Rafael Mengs. Fue pintora de cámara del infante don Luis, ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando como académica de honor y mérito.

Mencionamos así mismo a la que se cree que es la hija natural de Goya,  María del Rosario Weiss. Fuera su hija o no, la cuidó y educó desde los siete años, cuando Goya se exilió en Burdeos, ella le acompañó. Cuando volvieron a Madrid, Weiss comenzó a tener reconocimiento, ingresó como miembro honorario en la Academia de San Fernando y dio clases de pintura a la reina Isabel II. Murió muy joven, por lo tanto no podemos saber hasta dónde habría llegado.

Por el resto de Europa acurre lo mismo, encontramos mujeres e hijas de artistas de las que podemos decir que demostraron ser grandes artistas por meritos propios como: Lievina Teerlinck, era hija de uno de los pintores de cámara de Enrique VIII, Margarethe van Eyck, era la hermana de los pintores Jan y Hubert van Eyck, Antonia Uccello, hija de Paolo Uccello, Marietta Tintoretta hija de Tintoretto, la pintora Artemisia Gentileschi hija de Orazio. Todas aprendieron el oficio en los talleres familiares, pero otras artistas sucesivamente se les fueron uniendo, pudieron vivir de su trabajo a pesar de las trabas que encontraron para ello, fueron reconocidas y gozaron de éxito. Muchas de sus obras fueron atribuidas a los talleres en los que trabajaron, o a su cara visible. Pero al final fueron condenadas al olvido.

Toda esta situación empezó a cambiar hacia 1970, gracias a una activa historiografía feminista. Se ha ocupado de buscar documentación al respecto, datos fiables, que han obligado a rectificar muchas autorías. Rectificando así las injusticias históricas cometidas. El proceso continúa, un ejemplo de ello es la pintora holandesa Judith Leyster, a pesar de que todos su cuadros estaban firmados con su anagrama, algunos de ellos fueron atribuidos a Rembrandt o a Frans Hals. Lo mismo ha pasado con las alumnas del pintor David, muchos de sus trabajos le fueron atribuidos a él. O el de Artemisia Gentileschi, que muchas de sus obras pasaron por ser de su padre, y de otros pintores. Lavinia Fontana, sus obras fueron atribuidas a Tiziano. Como ven la lista sería larguísima de enumerar.

Es en el siglo XV cuando empieza a cambiar la valoración social de los artistas, y que más tarde se va afianzando en el Renacimiento y en el Barroco. La reivindicación de los artistas es que la pintura, escultura y arquitectura, fueran consideradas artes liberales. No eran actividades mecánicas sino intelectuales, así se separaban de los artesanos y los gremios medievales. Otro problema era el cobro por la obra que se realizaba, para que no se considerara un oficio, se buscaba la protección de la monarquía o de la nobleza, este fue el caso de la pintora Sofonisba Anguissola en la corte española.

Las revoluciones  y los cambios que se sucedieron durante el  siglo XVIII, propiciaron avances en la enseñanza. Hubo artistas que se convirtieron en profesoras como la pintora Adélaïde Labille-Guiard. Pero las mujeres seguían teniendo problemas para poder acceder a las Academias. Y las que lo hacían se les imponían restricciones, no podían acudir a las clases de desnudo. En este caso se vieron las artistas Angelica Kauffmann y Elisabeth Louis Vigée-Lebrun. Con lo cual su formación se mermaba en relación con sus compañeros masculinos, ya que ellas no podían tener conocimiento sobre la anatomía humana. Por eso cultivaban géneros llamados menores, como el paisaje, retrato, bodegones, no pudiendo acceder a los Salones o concursos. Tampoco podían realizar viajes para complementar su formación, una mujer sola no podía hacer nada.

Las mujeres artistas son muy numerosas en el siglo XIX, consiguen más derechos sociales y laborales. Pero viven con una fuerte contradicción la imposición del modelo victoriano como ángel del hogar. Siguen los mismos problemas para acceder a las Academias, pero aparecen sociedades más liberales en las que las mujeres participan, también asociaciones de mujeres artistas, que se crean para defender sus derechos. Cada vez más mujeres artistas tienen su propio taller. Acceden a las Escuelas de Bellas Artes en la segunda mitad del siglo, con la inscripción más cara para ellas, y la prohibición de pintar del natural. Impresionistas destacadas fueron Berthe Morisot y la americana Mary Cassatt.

En los inicios del siglo XX las vanguardias artísticas propician un acercamiento de las mujeres artistas. Ya pueden acceder a las escuelas artísticas, participan en concursos y exposiciones, pueden trabajar con modelos desnudos. Da la impresión de que se vive una situación normalizada, pero no es así, el mundo del arte sigue siendo gestionado por hombres, en todas sus facetas. Por ejemplo los críticos en vez de ser mordaces, halagan y de esa forma convierten a la artista en objeto decorativo que además es artista. Esta es una constante en todos los siglos. El siglo XX es el siglo de la liberación de la mujer, el feminismo logra grandes avances. Pero no a principios de siglo, las mujeres artistas siguen a la sombra de los hombres. Todavía se habla de Sonia Terk como la mujer de de Robert Delaunay o a Gabrielle Müller ligada sentimentalmente a Wassily Kandinsky, a Lee Krasner con Jackson Pollock.… Había grandes diferencias, en París en 1908 se celebra la primera retrospectiva femenina, en España se celebra en 1946.

En Rusia, las encontramos trabajando en el suprematismo y en el constructivismo, son Natalia Goncharova y Alexandra Exter. En el expresionismo alemán, encontramos a Kahte Köllwitz, en el cubismo destacaba la española María Blanchard. El surrealismo acogió a, Remedios Varo, Meret Oppenheim, Dora Maar, Leonora Carrington, Maruja Mallo, o Claude Cahun. Algunas se han convertido en estrellas en el mercado del arte como, Louise Bourgeois, Cindy Sherman o Marlene Dumas, pero siempre a un precio más bajo que los hombres. No podemos olvidar a las artistas Camille Claudel y Suzanne Valadon. O a Rachel Ruysch, su obra en su época era más cotizada que la de su coetáneo Rembrandt. A Frida Kahlo y Unica Zürn, Popova, Hilma Auf Klint, Tamara de Lempicka, Ana Mendieta, Guerrilla Girls, Annie Spinkle

Hemos tenido que sintetizar mucho, pero lo que quiere dejar claro el artículo, es la falta de reconocimiento que han tenido las mujeres artistas. Algo que todavía en el siglo XXI sigue sin estar superado. Y el triste papel que ha jugado la historia del arte que las relegó al olvido, casi siempre escrita por hombres. La falta de visibilidad de las mujeres artistas no será posible si nuestra sociedad sigue sin ser igualitaria para ambos sexos.

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