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La provincia más conocida de la Italia turística enamora a todo hijo de vecino por su inolvidable gastronomía, sus villas medievales y sus ciudades renacentistas. Sin embargo, en su rincón meridional alberga una sorpresa pop-art: la reproducción gigantesca en tres dimensiones del peculiar mundo de la polifacética Niki de Saint Phalle. Nos adentramos en su cabeza, llena de musas femeninas voluptuosas y coloridas, dando un paseo no metafórico por este pedazo de la tierra secuestrado por el arte…

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Niki de Saint Phalle, quien dejó escrito en sus apuntes una verdad: “En 1955 viaje a Barcelona. Allí visité el hermoso parque Güell de Gaudí, donde me encontré con mi maestro y con mi destino”. Fascinada por este descubrimiento Niki vivió desde entonces con el convencimiento de que algún día iba a levantar un jardín.

Otro viaje marcaría en 1977 su repertorio iconográfico: México, Guatemala y Yucatán, donde visitó los yacimientos arqueológicos precolombinos de Palenque y Teotihuacán y descubrió nuevas simbologías con las que ampliar el vocabulario artístico de su proyecto. Si la idea de realizar una gran obra pública se remonta a los inicios de su carrera, también era precoz la de crear un parque temático. El Jardín del Tarot acabó perfilándose como paseo esotérico y filosófico.

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Tuvo que esperar hasta 1979 para comenzar con este ambicioso proyecto. Contaba ya con 49 años, una edad no muy recomendable para enfrascarse en la realización de un sueño ambicioso inspirado en la obra de Gaudí, al que llamó Jardín del Tarot. Y así fue como esta artista de franco estadounidense con nacionalidad suiza llegó a Garavicchio, a un humilde pueblo del sur de la ToscanaAllí, en unas tierras que le cedió la familia Agnelli comenzó a moldear y esculpir con unas manos ya afectadas por la artrosis el total 22 esculturas, 22 interpretaciones de las cartas del Tarot, siempre impregnadas de su rocambolesco estilo, de su firma inconfundible. Muchísimo más personal y simbolista que su primo lejano barcelonés, este parque es el vómito de su subconsciente y su consciencia, de todo lo que había en su prolífica cabeza.

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Del Parque Güell no solo tomó la idea de un espacio en el que arte contemporáneo y naturaleza conversaran como si tal cosa. También usó los reconocibles mosaicos de cerámica, con los que recubrió cada estatua, cada creación, dotándolas de un color y una luz asombrosa. Sin embargo, no es justo comparar ambos lugares. Aquí la arquitectura es menos importante ya que no es un jardín proyectado para una utilidad práctica, sino por amor al arte. Por eso, las cartas se suceden por caminos sinuosos, situadas casi al azar, algunas asustando y otras enterneciendo al visitante, que se siente como un liliputiense en un delirio de brillantina de dos hectáreas de superficie.

El Jardín del Tarot es la autobiografía astral de la propia artista, la búsqueda de un equilibrio interior que se prolongaría toda su vida. La importancia del agua como símbolo de nacimiento y regeneración es fundamental para Saint Phalle: en su jardín somos recibidos por una fuente mercurial que brota de la boca completamente abierta de La Papisa. Al igual que el agua representa la linfa vital del jardín, la boca/gruta es el vientre de la naturaleza, el lugar de los impulsos más profundos.

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El esqueleto de cada obra tiene una base de hierro y acero construida por su marido y conocido escultor Jean Tinguely. Algunas superan los cinco metros, siendo más altas que los árboles que las rodean, dibujando un horizonte surrealista. Excepto la Torre cayendo, en la que se nota la influencia de su cónyuge, más crítico con la sociedad moderna, el resto representa criaturas curvilíneas cuyo único adjetivo que acierta a describirlas es ‘mágico’.

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Todas las cartas son figurativas, y algunas como El diablo o Los amantes pueden ser reconocidas por cualquier tipo de público. Por eso su visita nunca deriva en un trayecto pedante por un museo al aire libre ininteligible, difícilmente aburre. El ahorcado, La estrella o El juicio son auténticas obras maestras del mosaico, con un detallismo y una gama de colores delicadísimos. Esto no quita que la metáfora aflore en cartas como La Muerte o La Fuerza, donde Saint Phalle plasma su forma de entender ambos conceptos.

Sin embargo, las auténticas popstar de esta baraja son El emperador, La Emperatriz y El Mago. Este trío llaman a todas las miradas distraídas por sus imponentes dimensiones y sus vivos matices. El tamaño de La Emperatriz es tal, que la artista se sirvió de su interior para establecer la casa donde vivió mientras trabajaba en el jardín.

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Para descansar de esta sobresaturación de arte pop siembre se puede admirar La fuente de la fortuna, la única escultura que encargó a Tinguely, una corriente de agua que mantiene a en constante movimiento a una estructura de metales reciclados que se convierten en una infalible máquina. Otra opción es contemplar el pabellón de entrada, una gruta diseñada por el premio Pritzker Mario Botta que advierte que para entrar en este nuevo mundo hay que atravesar una muralla infranqueable para la realidad y los convencionalismos.

Casi dos décadas después de comenzar este reto, Saint Phalle pudo ver cómo se abría al público en 1998. No obstante, nunca se obsesionó con la idea de que lo visitara mucha gente. De hecho, hoy en día sus horarios (abierto de Abril a Octubre, de 14.30 a 19.30 de la tarde) no facilitan que el gran público diseñe sus manidas rutas por Italia teniendo en cuenta esta parada. Ellos se lo pierden ya que el Jardín del Tarot es un espacio sin igual, muy original y divertido, un juguete a gran escala para los sentidos que rápido se acostumbran a un mundo paralelo gobernado por brillantes criaturas.

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Imágenes: Pixabay

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