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Un coleccionista transformó un búnker de la Segunda Guerra Mundial en un museo privado. Un exponente de la metamorfosis típicamente berlinesa que reafirma el apego de la capital alemana al arte contemporáneo..

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El símbolo es poderoso: extraer lo bello de lo feo, como Berlín sabe hacerlo, una capital que hoy en día hace latir el corazón de los artistas tras haber sido el pulmón de dos dictaduras siniestras. El búnker de la Reinhardstrasse (ex Berlín Este) ese espantoso bloque de cemento testigo de asesinatos terribles se ha convertido en una oda al arte y a la libertad.

Christian Boros revolucionó el mundo del arte en la capital alemana cuando decidió comprar la mole de hormigón y acero que había sobrevivido a la guerra para convertir el feo edificio en una exclusiva galería y también en su domicilio privado. En la última planta, el millonario dejó construir un ático de 500 metros cuadrados.

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Boros, un hombre oriundo de Polonia que hizo fortuna en Alemania con una agencia de publicidad, ha reunido junto a su esposa Karen, unas 500 obras que compró porque le causaban “irritación” puesto que, según defiende, “el arte que gusta sólo confirma lo que uno ya sabe”.

Cuando Christian Boros y su esposa Karen inauguraron en 2008 su exquisita galería de arte en el interior de un búnker nazi ubicado en el centro histórico de Berlín, tuvieron una idea que en los últimos ocho años ha sido premiada con un raro éxito de público. La Boros Collection, quizás la oferta cultural privada más exclusiva y exquisita que ofrece la capital alemana, solo se puede admirar en el interior del búnker, a través de visitas guiadas en pequeños grupos, que no admiten más de doce personas, y que tienen lugar de jueves a domingo de cada semana.

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La metamorfosis del búnker

El búnker, diseñado por el arquitecto Karl Bonatz, bajo la supervisión de Albert Speer, fue construido en 1942 y la crónica de la ciudad relata que el edificio fue utilizado como cárcel por el Ejército Rojo, que fue bautizado como el “Bananabunker” por la población que habitó el sector comunista de la ciudad, porque sirvió como bodega para los plátanos que importaba el régimen de Cuba, y que albergó una de las discotecas más extravagantes de la ciudad después de la caída del muro de Berlín.

La metamorfosis del búnker duró cinco años a causa de la titánica tarea de remodelar habitaciones que estaban separadas por muros de dos metros de grosor. El resultado es espectacular. Los 3.000 metros cuadrados de superficie que ocupa la galería ofrecen espacios minúsculos, medianos y habitaciones de hasta 13 metros de altura. En sus paredes de hormigón aun se pueden ver algunos grafitis que fueron pintados cuando el búnker era sede la discoteca más alegre y viciosa de la ciudad; y su complicada arquitectura, que se asemeja a un octágono, hace necesaria las visitas guiadas por estudiantes de arte, que tienen la delicada misión de explicar al visitante el origen y breves biografías de los artistas que las concibieron. Como es el caso de Paulo Nazareth, un artista brasileño que busca la inspiración en largos recorridos para recrear las tragedias humanas que habitan en el planeta tierra.

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Artistas y colecciones

Una de las atracciones de la más reciente exposición es una habitación dedicada a Katja Novitskova, la joven artista nacida en Estonia, que muestra un fotomontaje de un enorme caballo albino, un trampolín y una flecha roja que recuerda a una serpiente que flota en el aire. Christian Boros también le rinde un homenaje a Michel Majerus, el pintor luxemburgués que falleció en un accidente de avión en 2002, dedica varias habitaciones a la obra del danés Sergey Jensen y ofrece una rara obra del artista chino He Xiangyu: varias cajas de huevos vacías pintadas de color dorado que están repartidas sobre el piso de una habitación.

La muestra es pulcra y observa la cortesía de mostrar las obras como quieren sus artífices. Atrás ya las grandes piezas e instalaciones de la planta baja, esperan arriba algunos dibujos de Dirk Bell, que trabaja sin asomo de ironía sobre contingencias como el amor. De Thomas Zipp hay una excelente compilación de objetos y pinturas. Las imágenes de Wolfgang Tillmans evocan el Berlín de hace 20 años. Cuenta, cómo no, una foto suya del búnker cuando era el club Bunker, del que fue asiduo cliente.

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A tenor de lo que es el Berlín de hoy, parece lógico que el destino haya escogido este espacio como nuevo foco del arte moderno de la capital, elegida por artistas internacionales y coleccionistas como el multimillonario Christian Flick o el fotógrafo Helmut Newton. 

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